Arte · El paraguas

Arte · El paraguas

20-02-2013

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ARTE

        La porquería enganchada en la suela de mis zapatillas de ir por casa era el indicativo para ir pensando en hacer la limpieza de la casa. “Ya tocaba”, me decía. Sentado en la cama las observaba por su reverso como quien mira un pequeño cuadro abstracto. Textura y suciedad en escala de grises con algún toque de color. Me quedaba maravillado. Veía en esa acumulación de pelusas y otros desechos orgánicos un trabajo por capas que constituía algo bello, bien integrado. El azar también contaba para crear, y, muchas veces, en ello residía la armonía y la perfección.

       Aquel par que tenía ante mí eran pequeños lienzos que contenían el historial de lo andado por casa. Eran un recreo para la mirada y se merecían estar en urna de cristal para contemplarlas a todas horas. El arte estaba en todas partes y yo lo tenía bajo mis pantuflas.

        Había un artista italiano, Piero Manzini creo recordar, que recogía sus excrementos y los envasaba al vacío en latas de metal. Adhería su correspondiente etiqueta (sin pasar por sanidad, claro) con el siguiente texto: “Mierda de artista. Contenido neto 30 gramos. Conservada al natural. Producida y envasada en mayo de 1961”.

        Ese texto se encontraba escrito en el lateral, en diversos idiomas y, además, iban numeradas y firmadas por el artista en la parte superior para darle valor, ya que era un artista con renombre. Salía en los libros de arte, estaba en las galerías más famosas y en los mejores museos. Se le ubicaba dentro del arte conceptual, como no podía ser de otra forma, o del arte de acción, como bien evidenciaba su producción. Parece ser que llenó noventa latas con sus deposiciones y las vendió al peso de cotización que tenía el oro en aquel entonces. Treinta gramos de oro metidos en conserva. Eso sí que era sacarle rendimiento a las cosas. Su esfínter se había convertido en el músculo que daba paso a la gloria bendita, a sus heces, que valían su peso en oro y encima se habían convertido en arte, o por lo menos en un hecho artístico. Así, seguramente, lo pretendía el autor con su provocación.

        La consecuencia de su escatológica hazaña no era igual que los milagros de Jesús, pero bien que se le parecían. En concreto el fenómeno que cuenta la Biblia en uno de sus versículos donde, el Hijo de Dios, transformaba el agua en vino. No se podía comparar en cuanto a su alquimia pero si en el resultado eficiente y benefactor.  

        Podíamos pensar que el artista nos engañaba, que todo era supuesto, que igual metía treinta gramos de papel de periódico hecho una bola en aquella lata y luego decía que eran sus boñigas. Pero nada de eso. Era un artista honesto y con intención de crear.  Era mierda de verdad. Con el tiempo, algunas latas explotaron por la expansión de los gases.

        Esa mañana, aún con el pijama puesto, sonreía observando lo chafado en mis zapatillas porque imaginaba al señor Piero Manzini dispuesto con una cucharita y decidido a capturar de un orinal, como quien tomaba una compota o un chocolate a la taza, lo defecado aquel día. Era grotesco y asqueroso, pero eso le hizo famoso. Motivaba nuevos planteamientos dejándolo todo abierto. Y aunque parezca increíble, se ha subastado algún ejemplar de sus envases a precios desorbitados. Me gustaba la incitación y esa idea de transgredir con el arte, e incluso me parecían recursos acertados, pero lo que no entendía era cómo alguien podía estar dispuesto a comprar por una suma indecente de dinero aquella mierda enlatada. Con la provocación, a mí, ya me bastaba.

 

17-02-2013


 

EL PARAGUAS

      Cubría con tiritas los rotos de mi viejo paraguas para curar sus heridas. Pensaba en volver a usarlo, pero era demasiado viejo. Sus articulaciones estaban flojas y no daban más de sí. Se habían dislocado demasiadas veces en sus peleas contra el viento y, muy a mi pesar, ya no era el de antes, el que aguantaba el empuje y podía evitar que su tela de plástico azul se diera la vuelta.

      No era un paraguas automático que se desplegaba tocando un botoncito, era un paraguas clásico, como el de Mary Poppins o el de “Cantando bajo la lluvia”. Siempre lo llevaba cerrado, como si fuera un bastón. Lo cogía por el curvo mango de madera y me apoyaba en él mientras andaba por el parque. Don Quijote tenía su lanza y yo mi paraguas. Me sentía seguro. Y no por la posibilidad de utilizarlo como un arma blanca como lo haría el famoso hidalgo en alguna de sus justas medievales, sino porque lo veía como una prolongación de mis brazos y una tercera pierna. Bien es cierto que también podría librar alguna batalla con aquella afilada punta de acero, pero hasta ahora nunca se había dado el caso.

     Más tarde o más temprano volvería a llover. Vivía en un lugar con altas probabilidades de chubascos, borrascas y tempestades, pero no lo abriría. No expondría su concavidad ni a la niebla ni a las nubes por miedo a que las tiritas no aguantaran. Su cúpula impermeable había sido rasgada por las inclemencias del tiempo y tenía muy claro que sólo volvería a desplegarlo los días radiantes y luminosos para protegerme del sol, aunque se vieran sus parches de esparadrapo.

     Ya no lo sacudía, como antes, al entrar al autobús o a los locales. Lo mantenía siempre seco y, como mucho, le echaba un poco de perfume cuando me citaba con la segunda mujer de mi vida. En casa había un lugar para él, el paragüero de la entrada. Pero yo allí guardaba, hecho una bola, el chubasquero rojo de combate, el que usaba cada día para repeler el agua. Era mejor tenerlo abierto en la bañera para acariciarle, sentado desde el trono de lectura, los cortes de su agitada existencia.

      Los domingos venían mis hijos a verme y, durante la sobremesa, lo hacía girar sobre mi hombro como un niño. Lo aireaba dando mil vueltas. Y, ante sus ojos, lejos de que me afectaran sus reproches y esas absurdas supersticiones, bailaba con él porque, a pesar de haber nacido para relacionarse con el agua, ahora le tocaba aceptar, como a mi, otra etapa de su vida.

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