Hija única · Sobrepeso · Cateto a babor · Hormigueos

Hija única · Sobrepeso · Cateto a babor · Hormigueos

12-05-2013

 

HIJA ÚNICA

Por muy gemelas que fuéramos quería pensar que mis padres tenían una preferida y sabían bien a quién dar más cariño. No dudaban a quién acurrucar en la cama y darle un beso en la frente para desearle las buenas noches. Tenían claro, cada año, a quién preparar la mejor fiesta de cumpleaños para verla contenta y, espero que en un futuro, los estudios a la mejor universidad sean para su favorita. Solamente me dolía que, para estar seguros, levantaran mi blusa y comprobaran que yo era la que tenía ombligo. La otra, técnicamente muy bien hecha, suplía mi presencia la temporada que, según la custodia compartida de mis padres, debía cambiar de casa.

10-05-2013

SOBREPESO

El cabo Hopkins repartía las cartas con la izquierda a los soldados que entraban a su despacho a la vez que, con su mano derecha, movía ávido una fina batuta de madera con la que llevaba el ritmo de una conocida sinfonía que sonaba en su tocadiscos. Interrumpió su tarareo y, dirigiéndose al soldado sin dejar su acompasada cadencia, le espetó:
‒ Beethoven incorpora magistralmente la fuerza coral en el último movimiento, ¿no le parece?
‒Perdone cabo, si se mueve tanto no puedo leerle bien los labios.
‒¿Está sordo?
‒No por mucho tiempo. En la correspondencia está la dieta que debo seguir.

11-05-2013

 

CATETO A BABOR

El cabo Hopkins repartía las cartas con la izquierda desde el accidente. Al principio reunía pequeños grupos en el navío para hacernos magia de cerca y, así, practicaba sus habilidades en público. Los naipes no eran lo suyo porque siempre descubríamos sus trucos y nos reíamos de él. Solo cambió de estilo un día y, en esa intervención estelar, ordenó al marinero Antúnez que le cortara, con una sierra, su mano derecha. Recuerdo que se mantuvo impasible mientras le amputaba la extremidad y ahora, cuando realiza el saludo de visera, pienso que es un ilusionista. No es posible que su muñón sea real.

09-05-2013

HORMIGUEOS

    Lloraba con las películas americanas de serie B con las que antes se reía, se dormía conduciendo su antiguo Seat Panda y añoraba a su madre a todas horas. Tenía hormigueos en la boca y, espantada por si había hormigas de verdad, recorría con la lengua las cavidades cercanas al paladar para aplastarlas. Estaba angustiada desde que dejó de fumar y, abstraída en pensamientos extraños, encendía el cigarrillo eléctrico que se había comprado en la farmacia para calmar lo que le pasaba. No estaba bien y era evidente que le costaba dejarlo, pero se motivaba con la música eufórica de Rocky y se reía a carcajadas cuando, en un mismo día, se manifestaba el sol, la lluvia, el viento y la nieve; su personalidad inestable era como el clima donde vivía. «Lo que tú tienes le pasa a mucha gente» le decía su psicóloga animándola, pero de nada le servían sus palabras, porque cuando aquellos minúsculos insectos volvían a recorrer inquietos cualquier otra parte de su cuerpo entumecido, ella, presa del pánico, pensaba en introducir sus dedos en algún enchufe ya que presagiaba un futuro peor que el que estaba viviendo.

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