LA MUSA

LA MUSA

01-02-2013

 

 

 

LA MUSA

En las ramas más altas del vigésimo séptimo árbol, según mis cálculos, estaba sentada mi musa, o eso creía. Nunca la había visto con claridad pero sabía que estaba allí, la intuía en lo alto, observándome como una diosa. Su figura, si la tenía, se confundía con la espesura de las últimas hojas como un disfraz de fantasma entre sábanas blancas. La imaginaba alegre y pensativa, con un fino vestido de seda transparente cubriéndola hasta los tobillos y moviéndose lentamente, con elegancia. Fantaseaba con que sus cabellos eran largos y, según las luces que el bosque dejaba pasar entre sus huecos, tomaban colores rojizos, verdosos, azules, amarillos o morados.

    Así la presentía, ese era el diseño modelado por mi mente para ilusionarme, para convencerme de que existía. Quería contemplarla, tocarla, hablar con ella, en definitiva, sentirla como se siente a alguien cuando tienes un mínimo contacto. Todo eso suponiendo que fuera una mujer, porque ni eso tenía claro.

    Había muchos y parecidos, sin apenas distancia entre ellos, pero aquel árbol poseía algo especial. Y eso, sí que lo aseguraba. Era grueso y altísimo. No podía alcanzar mis dedos abrazando su contorno y sus ramas crecían amontonadas, casi al final, como cientos de brazos enredándose formando un círculo casi perfecto. Sus hojas eran del tamaño de un folio dina4 pero sin aristas, recias y con forma de corazón estirado. Olía a tierra húmeda y en algunas zonas de su rugoso tronco sobresalían porciones abigarradas de musgo verde, como pequeñas pecas aparecidas por el influjo de la luna.

    Cuando noté su presencia sentí una paz envolvente que me llevó a un estado sublime. Era consciente de todos mis sentidos a un nivel que nunca antes había percibido y despertaba en mí una claridad mental extraordinaria. Me sentía reconfortado y capaz de todo, pero solamente lo notaba cerca de aquel árbol y bajo la influencia de aquella silueta etérea que no era capaz de identificar. Improvisé una marca en el árbol con el chicle enganchado en la suela de mi zapato. Lo despegué y lo adherí en una parte visible del tronco para volver, al día siguiente, al mismo punto. Quería reconocerlo entre los demás.  

   El bosque estaba a tan sólo una hora a pie desde mi casa y a veinte minutos si iba en bici. Así pues, a la mañana siguiente, antes de que el gallo empezara con su habitual quiquiriquí, fui al granero a comprobar si estaba mi bici. Descuidada y arrinconada, como no podía ser de otra manera, allí estaba, junto a los sacos de pienso de los animales y las herramientas de mi padre. Hinché las ruedas y preparé una mochila con algunas provisiones básicas: lápices, un bloc, una botella de agua y pimientos rojos. Le di un beso a mi madre como todas las mañanas y, sin desayunar, salí rumbo al bosque en busca de aquella sensación indescriptible.

   En contadas ocasiones, después de las lluvias, acompañaba a mi padre a buscar setas por ese bosque. Me encantaba pasear con el cesto, respirar el aire y pelearme con la vegetación para atrapar en su escondite a nuestra oculta recompensa, hongos de distintos tamaños y colores. Sólo por esa afición ya valía la pena vivir cerca del bosque, pero, en todo este tiempo, nunca experimenté nada parecido a lo sucedido en aquel árbol que ahora pretendía.

   En poco llegué al lugar, dejé mi bici apoyada en un matorral cercano y respiré hondo para  recuperarme del agitado pedaleo. Olía a fresas. Ese aroma llenaba mi nariz. Y con curiosidad, bordeando mi árbol, detecté a la altura de mis ojos, justo donde pegué el chicle, unas hermosas fresas. Brotaban del tronco igual que el musgo verde. Había unas diez y estaban agrupadas de tal manera que parecían las cabezuelas del brócoli. Un placer para la vista y el olfato y, seguramente,  también para el gusto. Eran carnosas y su color rojo brillante me hacía salivar. No había duda, estaba en un lugar mágico. El chicle, seguramente, de fresa fue la semilla que hizo crecer aquel milagro de la naturaleza. No había desayunado y la tentación me pudo, así que me las comí.

    -¡Buenííííííííísimas! –expresé en un arrebato de placer. Posiblemente las mejores que había probado.

   Tenía toda la mañana, hasta la hora de comer, para permanecer cerca del árbol y de aquel reflejo humano que veía cada vez que alzaba la cabeza. Más de treinta metros nos separaban y ella permanecía allí, escondida en su refugio de ramas. ¿Habrá dormido ahí toda la noche? ¿Tendrá frío? ¿Y hambre o sed? ¿Qué demonios hace ahí? ¿Será un hada del bosque? Demasiados interrogantes y mucha curiosidad. Quería salir de dudas, así que me hice notar.

   -¡Holaaaaaaaaaaaa! –exclamé alargando la “a”-. ¿Qué haces ahí arriba? ¿Por qué no bajas? –dije gritando.

    No obtuve respuesta. Ni la primera ni la segunda ni la tercera vez que lo intenté. Me dejaba la voz en cada ocasión por mostrarle mi preocupación y empezaba a pensar en su sordera como justificación razonable al vacío que recibía. Si estaba allí sería por algo, pensaba. Tendría sus razones, estaba claro que nadie la obligaba. Reconocía en mí un pensamiento infame, pero era fruto de la insistencia. Había mostrado mi predisposición por ayudarla y ella parecía desvanecerse cuanto más me esforzaba en atenderla.

    Un viento frío y huracanado se manifestaba en mis intentos por comunicarme, así que dejé de mostrarle interés porque, aunque pareciera extraño, con mi apatía la presentía mejor.

    Me senté sobre la hojarasca apoyando mi espalda en el tronco y me relajé un rato. Me quedé dormido unos diez minutos de reloj, pero parecieron horas, incluso me dio tiempo a soñar futuros perfectos y salvar al mundo de todos los males. Bebí un sorbo de agua para refrescar mi garganta irritada e hice lo que más me gustaba, dibujar. Garabateé en el bloc figuras inventadas: personajes, animales, plantas, objetos, etc. Trazos rápidos iban tomando forma y se convertían en ideas para contar historias. Me gustaba dibujar porque con un simple lápiz era suficiente para crear un mundo.

    Volví a sentirla, se presentaba más intensa y se acomodaba en mi mente, en su sala de juegos, para decir la verdad de todo. Ahora, fluía por mi mano moviendo el lápiz y sin darme cuenta, ágil, dibujé una enorme oreja sobre el papel. Le di color en gama de verdes, como la del increíble Hulk, y recorté esa hoja del bloc para colocarla, por instinto, junto a una de mis orejas de soplillo.

    -¡Ay va! ¿Qué ocurre? –exclamé sorprendido con los ojos muy abiertos.

    Lo que realmente se abrieron fueron mis oídos, mi capacidad auditiva. La camuflada criatura, desde su templo, hacía de las suyas. Notaba como dirigía mi inconsciente y lo que era un leve runrún de fondo que pasaba desapercibido, ahora era un festival de matices sonoros. Podía advertir cualquiera de ellos con una nitidez fuera de serie. Se amplificaba todo con un equilibrio perfecto y apreciaba por separado cualquier sonido por tenue que fuera. Me levanté del suelo para tomar consciencia de todo aquello y con el papel pegado a mi oído disfruté del rumor del viento entre las ramas, los trinos de los pájaros, las pisadas cautas de algunos animales que rondaban por la maleza, el correteo nervioso de las hormigas e insectos y hasta del latido de mi corazón. 

    Volví al bloc ilusionado y dibujé un gran ojo. Hice la misma operación. Me quité las gafas y lo situé sobre uno de los míos a modo de parche y, por arte de magia, desapareció mi miopía. A placer, mis pupilas se graduaban como prismáticos de largo alcance para no perderme ningún detalle por lejano que estuviera. Tenía una visión exageradamente precisa y, además, sin aquellas lentes.

    -¡Soy un águila, lo veo todo! –grité dando saltos.

    Diseñé una mano y una nariz en el cuaderno para recrear los sentidos del tacto y el olfato. El resultado también fue espectacular. Esa mañana gocé de las pequeñas cosas de mí alrededor como nunca antes lo había hecho. Desconocía lo maravilloso que podía ser acariciar las flores y oler su perfume. Una nueva percepción me guiaba.

    El gusto ya lo había comprobado cuando me comí aquellas jugosas fresas, pero no había dibujado una boca en el bloc para exaltar, aún más, su sabor. Me preguntaba cómo sería mi comida preferida pintando unos labios carnosos. Así que, con ganas, saqué de la mochila los pimientos rojos. Eran mi gran debilidad y me gustaban de todas las maneras, pero sobre todo crudos.

   “Qué rarito eres hijo mío”, decía mi madre cada vez que los comía en casa. No le gustaban a nadie de mi familia. En cambio, a mi, me gustaba su tacto, su aroma y, sobretodo, ese rotundo “croc” cuando los mordía. Pinté unos morros rojizos y con el papel tocando en mi boca,  mordí, ansioso, la punta de mi manjar preferido a través de un agujero que había perforado. Y, Dios mío, aquello sabía a gloria.

    -¡Graciaaaaaaaaaaas! –grité entusiasmado mirando la copa del árbol.

    Lo repetí mil veces y alabé la grandeza de aquella deidad escondida.

    -¡Gracias, gracias, gracias,…eres divina! ¿Quieres un pimiento? –dije extendiendo la hortaliza y ofreciéndosela como símbolo de gratitud y amistad.

    Me sentía con energía y capaz de todo, pero no podía conocer a mi ángel que estaba allí arriba. Era mi Musa. Sí, eso era. Mi inspiración y mi almacén de fantasía. Colores, sonidos, sabores y texturas, todo eso era. Salía de dentro cuando mi alma estaba viva y sin saber porqué no podía verla.

    El silencio seguía siendo su respuesta. Mi insistencia por conocerla avivó nuevas inclemencias y, en segundos, el cielo se cubrió de negro con nubarrones que escupieron, con fuerza, una tormenta de lluvia y relámpagos.

   -¿Por qué te enfadas? ¿Es que no quieres ser mi amiga? –le dije inquieto.

   Cada vez que me dirigía a ella el tiempo se volvía más severo y lo que había sido un recreo maravilloso, ahora cambiaba, “in crescendo”, a un castigo sombrío. No salía de mi asombro. En segundos, se había transformado todo. La calidez del verano, en un intenso frío de invierno y la luminosidad del día, en tinieblas propias de la noche; todo por una rabieta que no comprendía.  

   En las ramas más altas del vigésimo séptimo árbol, según mis cálculos, su pensamiento dirigía los vientos, la lluvia y los truenos hacia una situación insostenible. Estaba asustado y, rápido, guardé todo en mi mochila. Subí a la bici y antes de salir pitando busqué a mi Musa con la mirada. Aún quería respuestas y pedirle clemencia, pero ya no estaba. Se había ido. Y era verdad, porque no la sentía. Aceleré mi pedaleo para dejar atrás lo que antes bendecía y sumido en la pena me saltaron las lágrimas porque perdía algo.

   Llegué a casa empapado. Mis padres no estaban. Los sábados bajaban al pueblo para hacer la compra semanal. Seguro que no tardarían en llegar, era mediodía. Me cambié de ropa y me senté en mi cama pensativo. Estaba desconcertado y triste por todo lo ocurrido. Miré el bloc con recelo y, esperanzado, comprobé si mis dibujos aumentaban, como en el bosque, la percepción de mis sentidos. Pero nada de nada.   

    Ordené los dibujos sueltos entre las hojas del bloc y en una de ellas, por casualidad, vi escrito en letras de colores algo que antes no estaba. Decía:

 “No es fácil. Nadie lo logra tan pronto. Tú sabes que es hallarme y sentirme, pero no lo hagas tan consciente. No estés pendiente de mí porque los que más se esfuerzan acaban ahuyentándome. Ten hambre de vida y si vuelves a verme, disimula silbando y pasea despreocupado. Yo me acercaré a ti cuando menos lo esperes. Y sí, soy tu Musa.”

 


 

 

 

 

 

 

 

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