PATATÚS.»Una historia de amor» · Zorro · Lobos · Reparación

PATATÚS.»Una historia de amor» · Zorro · Lobos · Reparación

26-04-2013

Relato despedida del cargo de Moro de l’any de Peñícola.

PATATÚS

Una historia de amor

 

 

         Existía una bella ciudad, rodeada de agua por todas partes menos por una, donde vivía un hombre melancólico que pasaba gran parte de su tiempo enumerando todo lo que veía. Aparentemente era normal, pero tenía la costumbre de contarlo todo mentalmente. Contabilizaba los árboles que había desde su casa hasta la biblioteca donde trabajaba, también contaba las farolas, los coches, las bicicletas, los perros, los gatos, las ventanas de las casas y sus puertas, las líneas blancas de los pasos de cebra y las personas que lo cruzaban; contaba también los adoquines de las aceras que pisaba, los columpios del parque, los niños que jugaban en él y los patos del estanque. Contaba todo lo que se cruzaba por su camino hasta llegar a la biblioteca y allí, sin descanso, volvía a recontar, uno por uno, todos los libros que había. Nunca paraba de contar y sabía de primera mano que los ciempiés no tenían, realmente, cien pies y que las cajas de palillos contenían menos de los indicados en el envase. Todo eso gracias a ese afán por contarlo todo.

     Esa bella ciudad escondía secretos entre sus murallas de piedra y el hombre melancólico que lo enumeraba todo también guardaba uno desde hacía tiempo. Centraba su mente en unidades, decenas y centenas durante el día y por las noches se atrevía con las estrellas, con el infinito. Podríamos pensar que era una manía obsesiva como tantas otras, pero nada de eso, él usaba los números con la intención de esquivar los pensamientos que le hacían daño. Reincidir con las cifras a todas horas era su secreto y también su mejor estrategia para olvidar a Zoraida, una joven beduina que bailaba en los desfiles de Moros y Cristianos de la cual se enamoró perdidamente. Fueron novios una larga temporada a pesar de que ella le advertía que no era mujer de un solo hombre y que cada año solía cambiar de amante. Él se creyó especial porque ya llevaba tres años con ella y no veía indicios de ese cambio con el que le amenazó; hasta que un día, fría como el hielo y sin importarle nada el tiempo vivido, le anunció que no quería saber nada más de él y que lo abandonaba.

      El hombre melancólico que lo enumeraba todo cambió su forma de ser a raíz de esa cruel decisión que ella había tomado. Se convirtió en una calculadora humana que agotaba a su mente con números y más números con el único fin de borrar el espacio que había dejado Zoraida. Y era mucho porque aún la sentía como el amor de su vida. Sabía que debía olvidarla pero no podía engañarse a si mismo, así que, a pesar de sus artimañas por controlar sus pensamientos, ella seguía instalada en su cabeza. Y es que aún la quería.

     Una mañana de abril, el hombre melancólico que lo enumeraba todo, se sentó pensativo en su cama para escuchar a su corazón y, también, para contar sus latidos. Varias horas de reflexión le llevaron a decidir que debía ir a buscarla, es lo que sentía. Zoraida vivía delante de la playa, en el edificio más alto. Los habitantes de allí lo conocían como La Torre Irta y era el único rascacielos que se había construido en la ciudad que estaba rodeada de agua por todas partes menos por una. El hombre melancólico salió de su casa y, esperanzado, contó sus pasos hasta llegar a la Torre donde vivía su amada. No funcionaba el ascensor, así que se armó de valor y subió con tesón los 2013 escalones para llegar exhausto a la última planta. Llamó al timbre y, jadeando de cansancio, se mantuvo erguido como pudo para ver aparecer tras la puerta a Zoraida y a su nuevo amante. El cruce de miradas que se produjo fue suficiente para deducir la nueva situación, y ella, risueña como siempre y con un brillo especial en sus ojos, empezó a hablar para presentarle a Héctor, su nuevo novio.

      El hombre melancólico que lo enumeraba todo, ahora también abatido y destrozado por el evidente rechazo, dejó de contar para siempre porque aquel día de abril su corazón dejó de latir por ella… y también por él.

27-04-2013

ZORRO

 Disfrazado de vendedora de manzanas y tratando de disimular su cojera, se colocaba, con desparpajo y picardía, en la parte de la calzada donde los vehículos podían detenerse para contemplar mejor su mercancía. Eran momentos difíciles pero, gracias a su llamativo género, los mejores clientes aparecían entrada la noche en sus lujosos coches de alta gama. Estaba dispuesto a lo que fuera por ganar dinero, así que se tragó su orgullo y, sin importarle la maldad de sus ocupantes, aquella noche, subió al mismo Aston Martin que una semana antes le pasó por encima de su pie izquierdo.

25-04-2013

 

LOBOS

 

Disfrazado de vendedora de manzanas llamó al timbre mientras se ataba la capucha encarnada bajo su barbilla, colocó las más bonitas en la parte superior de su cesta y con una sonrisa esperó a que abrieran.
‒¿Quién es? ‒preguntó una niña al otro lado de la puerta.
‒Vendo manzanas muy ricas ‒exclamó imitando la voz de una mujer‒. Ábreme cariño.
‒Mi abuelita no está y me ha dicho que no abra a desconocidos, además tienes la voz muy ronca.
Sin perder tiempo, el fornido camuflado, sacó del fondo de la cesta una palanca de hierro para ese tipo de situaciones.   

 

 

 

12-04-2013

 

REPARACIÓN

 

‒ ¡Calla y arregla de una vez la cisterna del váter, que gotea!

‒ Yo soy más de letras, cariño. Sabes que se me da mejor leer poesía sentado en ese trono y dejarme llevar por las musas. Necesito una métrica sugerente para el poema; ahora no tengo tiempo. Llama a un profesional, seguro que él lo arreglará.

‒ Me tienes harta. No trabajas, descuidas las tareas de la casa y, lo peor de todo, a mí. ¿Te crees poeta por ganar un concurso?

‒ ¡Con diez cañones por banda, viento en popa, a toda vela…!

‒ De acuerdo, tú lo has querido. Cuando te vayas llamaré al fontanero.


Escribir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *