Por bulerias · Presunto inocente · Desorden · Esperemos al final

Por bulerias · Presunto inocente · Desorden · Esperemos al final

16-05-2013

 

 

 

POR BULERÍAS

El Tribunal apreció cierta rigidez Cheap Tennessee Titans Jerseys en su mirada cuando empezó a hablar. Sus facciones  también se tensaron y una sílaba puñetera se quedó trastabillando en su garganta tornando escarlata su semblante. No había dormido en toda la noche pensando que su tartamudez le impediría explicarse, pero cuando su padre y hermanos, también presentes en la sala, arrancaron un débil taconeo y una sutil cadencia con las palmas, la joven gitana se levantó flamenca de su silla y, con una dicción perfecta, cantó por bulerías su versión de los hechos.

 

17-05-2013

PRESUNTO INOCENTE

El Tribunal apreció cierta rigidez en su mirada. Habían reconocido al mismísimo diablo por el vello excesivo en sus orejas puntiagudas, las garras de sus desproporcionas manos, las escamas dentadas de su piel carmesí, su cola puntiaguda enrollándose a una de sus patas de fauno, los bultos córneos de su frente y un aliento nauseabundo mientras se explicaba sosteniendo un tridente. El rictus tenso de sus ojos determinó que sus declaraciones eran falsas.

 

12-05-2013

 

DESORDEN

Preferiría vivir en una casa que no me jugara malas pasadas. Las cosas nunca están donde las dejas, cobran vida y se mueven a placer. Entre las paredes endemoniadas de mi apartamento he perdido de todo, hasta un décimo de lotería premiado. Dejo el móvil sobre la mesa de la cocina y, por fortuna, acabo encontrándolo dentro del bombo de la lavadora, en el bolsillo de mis vaqueros. Ahora necesito que los objetos hablen o emitan una señal, al menos los más pequeños, porque no puedo presentarme a la iglesia sin el anillo de compromiso de mi futuro marido.

 

13-05-2013

 

ESPEREMOS AL FINAL

     Todos nos vamos a morir. Un día será inminente y se podrá especificar el día, la hora e incluso los segundos en los que nuestro corazón dejó de latir. Mientras vivimos no parece conveniente pensar en ello porque, entre otras cosas, no notamos que nos morimos; y si alguna vez lo hacemos enseguida esquivamos esa idea por creer que es macabra. «No pienses en eso» nos dicen los que, supuestamente, aman la vida.

     La otra noche, paladeando un yogur delante de la tele, volví a pensar que nuestro fin llegaría algún día; en concreto el mío. Me encontraba hundido en el sofá visionando el programa estrella que algunos tildaban de «telebasura» y, por un momento, anhelé encontrarme con la muerte, con el remate de la vida. Apuré con la cucharilla los restos de yogur que se quedaron en las paredes del envase, valorando, a priori, que en el desenlace de aquel acto cotidiano se hallaría la intensidad del sabor. Sabía por otras veces que en la última cucharada y el relamido de los bordes estaba el autentico goce; como si las anteriores cucharadas sólo cumplieran la aburrida y necesaria función de alimentar.

    Me emocioné con el planteamiento de que al término de todo estaba la esencia real y, sumido en eso, desconecté del parloteo de la presentadora del programa para encender, pensativo, un cigarro frotando una cerilla sobre mi rasposa barba, al estilo forajido. Aguanté la cerilla hasta que se consumió totalmente y, sí, me quemé los dedos, pero no sentí el grado del dolor hasta pasados unos segundos. Al inicio, cuando la llama tocó mis yemas, la sensación era indolora, no la sentía ‒probadlo, veréis‒. Cuando el cerebro es consciente y comunica a las falanges que deben reaccionar transcurre un breve momento insustancial que si se prolongara no sentiríamos el contraste del fuego. Al final de esta estúpida hazaña era donde valoraba, con seguridad, que me había quemado. El caso del yogur era igual pero con unos efectos más agradables.

      Volví a pensar en la muerte y en mi existencia mientras daba caladas y leía en la cajetilla: «fumar puede matar». Quería vivir la vida intensamente, así que me levanté del sofá para ir a la nevera y abrirme una lata de olivas rellenas. Con las prisas de la emoción por vivir a tope me di un golpe seco en la rodilla con la cornisa de la puerta y me pasó como con el fuego; no sentí, al momento, el dolor del golpe, pero sí al final. Qué dolor, madre mía. Llegué cojeando a la nevera y, allí mismo, con la puerta abierta y helándome la cara, me zampé una a una casi todas olivas. La última la reservé para disfrutarla viendo el final de aquel programa populachero, también apuraría el cigarro al máximo, sería un momento sublime.

      Supongo que aún no me toca sentir la intensidad de la muerte pero, en el colofón de mi vida, la esperaré curioso por conocer, de verdad, si lo vivido ha valido la pena.

 

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